Nos encontramos en medio de una aterradora y destructiva tormenta. Aún no tenemos
certeza de cuánto durará ni la magnitud de los destrozos que dejará a su paso, aunque
prevemos que serán de dimensiones apocalípticas.
Pero no hay mal que por bien no venga, dice el adagio popular. Y así, estos tiempos de
ostracismo y de contracción económica también han resultado ser aleccionadores
maestros.


El virus vino a darle un ramalazo a la soberbia humana. Nos negábamos a ver que
nuestro planeta es a penas una mota de polvo en el Universo. Tuvo que venir un
organismo microscópico a dimensionar nuestra realidad y ubicar nuestro egocentrismo.
Nadie tiene la salud ni la vida compradas. Si no las cuidamos con esmero pueden
desaparecer en un abrir y cerrar de ojos.
Recordamos que todos somos iguales. La enfermedad no distingue clases sociales,
género, raza o religión. La única diferencia la otorga la edad. Quienes tienen su sistema
inmunológico más desgastado o sufren ciertos padecimientos deben ser protegidos con
mayor cuidado.


Descubrimos, ante la emergencia, que las decisiones cruciales se pueden tomar en
segundos y no requieren largos años de escrupuloso análisis, y que estar sentados en
una oficina no es sinónimo de productividad. Y volvimos a jugar con nuestros hijos y a
disfrutar el tiempo en familia. Aprendimos a ser pacientes.
Ahora valoramos más nuestra libertad y nos damos cuenta de lo materialistas que nuestra
sociedad ha llegado a ser. Podemos comprar por Internet muchas cosas, pero no un
abrazo de nuestros padres ni una reunión con nuestros amigos. Eso realmente se
extraña.


Nos hemos vuelto más solidarios y empáticos con el sufrimiento y dolor ajenos, porque
sabemos que a la larga serán propios también. Descubrimos que todos estamos
conectados de alguna forma y que, si algo malo le pasa al vecino, tarde o temprano nos
pasará a nosotros.


Hemos llegado a un punto de inflexión. A partir de éste nuestras vidas serán diferentes en
muchos sentidos. Nos hemos hecho conscientes del poder que tenemos en nuestras
manos, aún en el confinamiento de nuestro hogar.


Sin duda vendrán tiempos difíciles, muy difíciles. Reactivar la economía será un proceso
lento y doloroso. Solo el esfuerzo y solidaridad de todos hará más llevadero el trance. De
ahora en adelante deberemos de luchar más por causas y menos por cosas. Deberemos
ser más humanos y solidarios, y menos egoístas e individualistas. El futuro está en
nuestras manos.

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