En los últimos años he procurado promover un hábito en mi familia por demás
recomendable: leo a mis pequeños hijos un capítulo de algún libro antes de dormir,
cuando están ya acostados en sus camas. Trato de evitar la fantasía pueril que divierte y
exalta, y me he inclinado más por los clásicos que cultivan y relajan.


Comenzamos con la Biblia, en su versión infantil por supuesto. Después seguimos con las
increíbles aventuras de “El Principito” y ahora nos encontramos atrapados en las
andanzas lunáticas de “Don Quijote de la Mancha”, en un texto supuestamente adaptado
también para niños, aunque a veces hasta mi me resulta complejo.


Cuando estaba leyendo el primer capítulo, en la parte que dice “… del mucho leer, se le
secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio”, mi hija inmediatamente me
interrumpió y me cuestionó: “Papi, ¿A los que leen mucho se les seca el cerebro?”.
¡En menudo aprieto me metió Cervantes! Le expliqué que no, por supuesto que no, todo
lo contrario, que era un cuento. A pesar de mis esfuerzos por borrar esa idea, sobre todo
ahora que a penas comienza a leer, sin duda se quedó pensando al respecto. Y la verdad,
yo también.


¿Por qué atribuiría el gran Don Miguel la locura de su personaje al exceso de lectura? Es
cierto que hace cuatro siglos, cuando escribió su magna obra, la inmensa mayoría de la
población no sabía leer. Pero el autor era sin duda un personaje ilustrado y letrado. Su
libro, considerado el más leído en la historia de la humanidad después de la Biblia, cuenta
con casi 23 mil palabras distintas, convirtiéndolo en uno de los trabajos literarios con
mayor riqueza lingüística escrito en castellano.


Para lograr eso, Miguel de Cervantes Saavedra tuvo que ser un lector empedernido y
compulsivo. Y con toda seguridad sus padres le decían que de tanto estar metido en sus
libros, iba a perder la cordura. Por eso lo escribió al inicio de su novela, fue una
proyección personal.


Recuerdo que, de niño, cuando llegó la televisión satelital, se popularizó la televisión por
cable y se instalaron los ahora extintos video centros, nos la pasábamos horas y horas
viendo películas. Nuestros padres nos decían que nos volveríamos locos de estar mirando
el televisor tanto tiempo.


Y al igual que el escritor de marras, nos proyectamos y decimos lo mismo a nuestros
hijos: “van a perder la razón por estar tanto tiempo pegados al iPad y a los videojuegos”.
Y la verdad es que ni nuestros antepasados enloquecieron por leer, ni nosotros por ver
películas ni nuestros hijos lo harán por utilizar la tecnología ni estar conectados a la red.


En las próximas dos décadas, afirman los expertos, la mitad de las profesiones y
actividades que hoy conocemos habrán desaparecido y serán sustituidas por otras
relacionadas con habilidades tecnológicas y creativas. Así que, en lugar de luchar contra
la corriente, mejor guiemos a nuestros hijos, pongámosles límites y utilicemos la
tecnología para prepararlos y educarlos… ¡ah, y leámosles El Quijote!

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